La cápsula

“La única forma de salir ganando de una discusión es evitándola”

Dale Carnegie

Foto: huffingtonpost.com

Primero levantas la cabeza creyendo haber oído una palabra más alta de lo normal, en un tono que debería estar reservado para el enfado íntimo, y enseguida, lo quieras o no, has entrado en la cápsula insonorizada en la que algunas personas creen estar y a cuyo interior, sin embargo, a fuerza de un volumen desmedido y una indiferencia olímpica, se ve arrastrado cualquiera que la casualidad haya colocado cerca.

De qué asombrosa cualidad hay que hacer gala, o de qué ausencia de ella, qué sentido de la insignificancia de los demás en comparación con la importancia propia, qué maneras de primera voz del coro hay que lucir, para con toda naturalidad aislarse de un entorno tranquilo, cualquiera que sea éste, entre otras conversaciones, y situarse por encima del resto de seres humanos que te rodean, ya sea para hablar por teléfono en el autobús como si estuvieses en el sofá de tu casa, o para discutir en un restaurante como en el que yo a punto estoy de acabar mi segunda croqueta.

– Todavía estoy esperando a que me pagues el vestido que me dijiste que me ibas a regalar.
– ¡Que ya te daré el dinero, coño!

La voz de él es la de un híbrido entre un Fernán Gómez que lo manda todo a la mierda y un Umbral que empieza a advertir que no se está hablando de su libro. Mayor que ambos ilustres personajes, con una cara rosácea salpicada de las manchas de una vejez que no le ha perdonado una y los ojos acuosos de quien ya no tiene tiempo ni ganas de comprender lo que miran, prosigue:

– Ese hijo de puta le destrozó el coche a tu hermana. ¡Las cuatro ventanillas! ¡Rotas!
– A mí me dio muy buena vida. No me puedo quejar.
– ¡Pero qué dices, imbécil!
– No paras de insultarme. Que si soy mala persona, que si soy tonta. Y ahora imbécil.
– ¿Es que no te puedes callar? Cállate ya, que tú también me insultas a mí.
– ¿Qué yo te insulto a ti? ¿Cuándo te he insultado yo a ti? No te jode.
– No te jode, no te jode. Mira cómo hablas. Y cómo me tratas de mal, que es una vergüenza.
– Eso es lo que tú quisieras, que te tratase mal para darte una excusa. Pero yo, al contrario que tú, tengo la conciencia muy tranquila. Muy tranquila. Eso es lo importante.

Ella está más lejos de la juventud de lo que sus labios inflados y sus maquillados pómulos brillantes y tersos tratan de disimular con el mismo éxito que alcanza su sentido de la discreción. Habla igual de alto que él, compartiendo cápsula, ignorando a la camarera que se le acerca a traerle el pastel de manzana. Parece tranquila, pero también parece que se esfuerza en parecerlo, como las malas actrices. Pero ni somos su público, ni ellos interpretan ningún papel.

– ¿Es que vas a ser menos rico por pagarme el vestido?
– Otra vez el dinero, siempre el puto dinero. ¡Siempre!
– Pobre de mí el día en que me falte. Contigo no podré contar.
– ¿Qué has dicho?
– Que sé que nunca podré contar contigo.
– A ti nunca te faltará de nada porque eres mi hija, cojones. Igual que con tu madre, a pesar de todo lo que me hizo.
– Ah, muy bien, vamos a sacar a los muertos. A mamá no la menciones, por favor.
– ¡Bah!
– Voy al baño.

Mientras la hija no está, el abuelo, si es que ella le procuró tal condición en un tiempo en que el presente de entonces no auguraba el presente de ahora, y al rompecoches le pareciese una idea tan buena como la vida que le estaba dando, termina su café y se levanta andando muy despacio hacia la barra, donde cumple, ahora sí, con su papel, y paga. Americana beige, pañuelo azul bien doblado en el bolsillo superior, pantalones claros. Ropa limpia y planchada y el respeto mutuo desaparecido en el centrifugado de los años. Vuelve, tan despacio como se fue, a su asiento.

– ¿Nos vamos?
– Ya estás aburrida de estar conmigo, ¿no? Ya has cumplido, ¿verdad?

Desde mi sitio en la ventana los veo parar un taxi en la calle Serrano. Ella le abre una de las puertas y entra por la del otro lado para sentarse a su lado, dejando al anciano la tarea de meterse dentro, tarea que pasa por agarrarse con las dos manos al marco, doblar el tronco hacia dentro del vehículo, y dejarse caer.

Dondequiera que vayan, llevan allí mucho tiempo.

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“Sólo aquellos que están dormidos no cometen errores”

Ingvar Kamprad

Foto: www.flickr.com

 

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Abstract: el arte del diseño

“Lo dibujé en sólo unos segundos, pero me ha costado 34 años aprender a dibujarlo en sólo unos segundos”

Paula Scher

Foto: watvi.es

 

Siempre hay vida en Netflix. La empresa norteamericana nunca deja de sorprendernos con sus impresionantes producciones. Uno de los últimos hallazgos que he descubierto es una sensacional serie documental titulada Abstract: el arte del diseño. A lo largo de sus 8 episodios, el espectador descubrirá a algunas de las mentes más creativas e innovadoras de nuestro tiempo.

Abstract nos cuenta la vida de 8 personas que han sido pieza clave en el mundo del arte y el diseño. Una producción tan original como atrayente, que explora en el trabajo y en la manera de entender la estética hasta llevarla a cotas inalcanzables. Un triunfo que dignifica a 8 diseñadores enseñándonos sus distintas disciplinas y su inspiración infinita… De esta forma, podremos adentrarnos en el mundo de los siguientes personajes: el ilustrador Christoph Niemann, el diseñador de los zapatos de la marca Nike Tinker Hatfield, la diseñadora de escenarios Es Devlin, el arquitecto Bjarke Ingels, el diseñador de automotor Ralph Gilles, la diseñadora gráfica Paula Scher, el fotógrafo Platon, y el diseñador de interior Ilse Crawford.

Creada por Scott Dadich, Abstract es un paraíso de fantasía y realidad que fascinará a todo aquel que lleva la creatividad dentro.

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“Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”

Eduardo Galeano

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“Entre dos soluciones, opta siempre por la más generosa”

Jiddu Krishnamurti

Foto: pinterest.com

 

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Tiempos con Versos: Mare Nostrum

Pareciera que en nuestro Mar Mediterráneo se hubiese abierto una brecha infinita, como una boca insondable que arroja al subacuático lecho del olvido cuerpos inertes, como las nubes arrojan gotas de lluvia a los charcos. Después, siempre se sucede el mismo silencio. Poco parece importar que sean ya casi 4.000 por año los seres humanos –sí, seres humanos- que perecen ahogados en las aguas del Mare Nostrum. Europa cada año grita desde el balcón de su casa consignas filantrópicas de humanitarismo y solidaridad, pero echa el cerrojo a la puerta cuando ve llegar niños, padres, madres, abuelos muriendo de muerte, de olvido, de miseria. Quizás es porque son negros y queremos ver en ellos un luto merecido. Quizás porque son pobres y nunca lloró nadie por el ahogado hijo o hermano de un pobre. No se lastimen, piensen que sobre cada cabeza ahogada en nuestro mar pesan las manos de su indiferencia. ¿Una aguadilla a la humanidad o un genocidio? Apenas nada.

 

Apenas nada.
Eran astillas quebrándose
lo último que nos llegó
de aquellas voces.

Un útero violento el mar
dando a la oscuridad
hijos ya muertos.

Y a nuestros pies sin fe
como un infarto iban cayendo
picos de gaviota,
olas descarnadas
y el intestino frío
de submarinas voces
que no callan,
que no callan
pero silencio.

Apenas nada
-dijiste con los hombros-
y contuvimos el oxígeno
que a ellos les faltaba
y observamos la nada
de aquellas sombras
sin forma,
de aquellas formas
sin nombre,
de aquellas olas
de aquella noche.

Apenas nada.

Foto: www.nytimes.com

 

Saúl Flores

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“Si no tienes tiempo para las pequeñas cosas, no lo tendrás para las grandes”

Richard Branson

Foto: virgin.com
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