Crónica de Ben Harper & Charlie Musselwhite

El mundo se divide en dos, aunque no te des cuenta y tengas diamantes en el esófago.

Anoche, en la Rivera, se batieron en duelo dos músicos mayúsculos con todo el papel vendido. Destreza, delicadeza y oficio. Tres sustantivos que sirven para atesorar un poderío tremendo que nos dejó a los presentes con un nudo en la garganta durante las casi dos horas que duró el destello.

A un lado teníamos a Charlie Musselwhite, un tío de esos que lo ha vivido todo, que no te quedan más cojones que quererle -es bueno hasta llorar- y además el cabrón lleva un peinado estelar. Es de esos tipos que se saca la armónica y te deja K.O. Mr. Musselwhite sabe muy bien a lo que juega, arriesga sin quererlo y siempre te deja con esa sonrisa pícara que sabe que lo que estás viviendo es auténtico. Siempre dispuesto a ensalzar su profesión, con ganas de morir y resucitar con cada soplido; con las ganas intactas de tomarte un chupito de nada y de todo, ¿me entienden? Abran el bourbon.

Y así era la mitad del mundo. Un lugar repleto de blues y música que desconocía el miedo y se resistía a sentirse imposible. Un fracción que se hacía hueco en ese lugar recóndito que llamamos mundo y que aquí, sin ningún tipo de respeto, dividimos en dos. Lo llaman “realidad”.

Al otro lado, al Oeste -West para los de California-, estaba el invitado de gala, el fantástico Ben Harper. Un señor que vestía sombrero y que tiene el don de emocionar. Un caradura que siempre me hace sospechar por su genialidad. Un GRANDE que emociona desde el primer suspiro. Un trovador que te deja con ganas de más en cada concierto. Un notas que acierta en cada nota y que ahora se atreve a destrozarnos con música de raíz americana que te arrebata el alma.

Y así se presentaron los mundos; dos mundos sin egoísmo y sin mentiras. Dos mundos de esperanza, sonrisas y blues, mucho blues. Y es que, con cada mirada y sin poder pestañear, conseguían entenderse y conformar un universo repleto de estrellas. No Mercy In This Land, señoras y señores.

Tan fuerte era la comunión, que entendías que Love and Trust no era solo el título de una canción sino una forma de vida que destilaba pureza y apostaba sin suerte, porque la suerte ya estaba pagada con cada acorde del disco que presentaban a dueto.

Nuestros protagonistas sacaron la bandera de la denominada música americana con canciones que se resisten al paso del tiempo -homenjes a Led Zeppelin y The Beatles-, resquicios apasionados para decir I Love U en voz alta, y los huevos para cantar a capela y felicitar el cumpleaños a un miembro de tu banda. Una banda que sonó como un tiro y daba sentido a un trabajo que quieres y que respetas. Es así. Chapó Ben y Charlie, y a la madre que os… trajo al mundo.

Aplauso. APLAUSO.

Lo de anoche fue un show tan aplastante que nos comió el hígado lentamente como al antiguo Prometeo. Un show que te revuelve y te asusta por lo bueno que suena a pesar de la acústica de la Rivera. Un show que te deja la piel de gallina. Amen Omen.

Y como les venía diciendo, el mundo se dividió en dos y ganó el Atleti… Mientras tanto, todo pasa y todo queda, y yo agradecía la comparsa y los sonidos del amor (más) sincero.

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