Crónica de James Room

Hace ya un par de años que escuché hablar de James Room a raíz de su primer LP Weird Antiqua (2015), aunque no fue hasta el sábado pasado cuando pude verle por primera vez en directo. Ha sido una larga espera, pero no tenía duda de que tarde o temprano acabaría disfrutando de su rock de raíces con toques sureños de cerca; el atrape que tenía con el disco era enfermizo y solo me faltaba escucharle subido a un escenario. Por todo ello, me gustaría contarles porqué James Room y su formidable propuesta musical me han ganado completamente.

En primer lugar, James Room es un tipo encantador y un gran connoisseur de la mejor tradición musical estadounidense. Antes del concierto compartimos una agradable charla en la que me dejó claro su amor por la música norteamericana más pura. Pudimos naufragar por algunos de mis escritores de canciones favoritos (Ryan Bingham o The Kleejoss Band) defendiendo sus canciones a capa y espada. Todavía no había empezado a tocar y ya mi admiración era absoluta. Y es que, ni la mala hora de show (18:30 de un sábado madrileño, en una sala poco conocida como es la Fun House), ni llevar tres conciertos en lo que iba de fin de semana, parecían aplacar su contagioso entusiasmo. Mr. Room estaba dispuesto a arrasar con todo.

Ante un variopinto público que ocupaba más de media sala y en un formato apto únicamente para valientes (sólo y con acústica enchufada), comenzó a desgranar los temas de su debut. Fue en ese preciso instante cuando saltaron todas mis alarmas internas. Resulta que el poderío vocal que reluce en su LP no le hace, ni mucho menos, justicia a la impresionante voz y forma de cantar del vizcaíno-texano. James Room canta como si Scott H Biram hubiese tenido un hijo rubio y de Bilbao; como si hubiese sido un espectador privilegiado de bel canto

Así fueron sonando un recital de temas arenosos y polvorientos que nos llevaban a salto de mata hacia la intimidad. Balas con las que te identificas porque hablan de pérdida y redención, de amor y de todo lo contrario. Las grandes verdades de esta vida, cantadas desde lo más profundo del alma. Canciones sinceras, melodías adictivamente westerianas y rugosas presentadas por una voz fabulosa.

James Room no necesita haber nacido cerca del Río Grande para sonar más americano que un Jack Daniel’s, ni necesita versionar a Young (sensacional People rockin in a free world) o a Springsteen (sonó un Thunder Road personalísimo que lo borda), para que sus canciones suenen creíbles y honestas. Ni tampoco necesita incluir en el setlist la brillante My baby´s gone parta dedicársela a este humilde fan. James Room tiene “el quejío del Mississippi”, vía Pavarotti, sin escatimar en talento y cojones. Y canciones, que de eso trata todo esto…solo por ello ya merece la pena regocijarse en su música.

Ahora solo falta que nosotros, la otra parte del negocio, pongamos de nuestra parte y vayamos a verle, compremos su disco (precios populares y trato humano espléndido) y no paremos de recomendárselo a nuestros amigos musicólogos. La pelota está en nuestro tejado, queridos lectores. No será por talento, ni por canciones… Aun así recuerde este nombre y grábeselo cerca del alma: James Room.

Peleven

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