Tiempos con Versos: Yihad

Siempre somos los mismos. Aunque nos obstinamos en intentar olvidar, en ignorar los cráteres a la intemperie, el desnudo del napalm entre las selvas o los bultos que descansan en los campos. De aquellos vientos, hoy nos vuelven estas tempestades. Y, aun así, seguimos sin querer recordar. Nos pensamos hijos de la barbarie, cuando en realidad, somos sus padres. Apresuradamente, en tono de asombro, las manos a la cabeza y boca abierta, proferimos la incredulidad más plena, al ver a nuestros hijos sembrar la muerte que nosotros pusimos en sus cunas. Odas de muerte que fueron sus nanas. Decimos que hay religiones bárbaras y religiones demócratas. Que es casi como decir, que unos matan por amor y los otros por diversión. Es casi como decir, que no sabemos quién somos. Que no recordamos quiénes fuimos, y quiénes seguimos siendo, a día de hoy. Siempre somos los mismos. La yihad –guerra santa- de los blancos fue educar al mundo. Hacerle más civilizado. Et voilà! Ahora no podemos quejarnos de haber enseñado tan bien a nuestros pequeños salvajes el padrenuestro del dinero, a ser tan eficientes y asépticos matando como sumando –al fin y al cabo, sólo hablamos de cifras-, a ser rapaces y codiciar al hermano, a saquear sin piedad o a imponer y educar, tal y como siempre hemos hecho. Ahora, piadosos ignorantes, sólo nos queda rezar al Dios dinero y pedirle que aniquile unos pocos chiquillos, a ver si así llega la paz en el mundo.

 

Bajad los ojos
de su altura
e id con la lluvia
descendiendo
e id siendo
apenas aire
con el aire.

Olvidad los pies,
sus altas huellas,
borrad del horizonte
vuestro porte,
palpad con vuestras palmas
este estiércol
y hundid en él los dedos
y peinad las briznas de hierba.

Mirad hondo la tierra,
traspasad  su negro cielo
su verde en lluvia
y filtraos como luz en sus pupilas,
haced de vuestra sangre
mineral que fluye,
hasta que arterias y raíces
sean
en el llanto subterráneo
de los sauces.

Lamed con las encías
el pulso de la lombriz
y de las piedras.

Y decidme, hermanos míos,
a qué sabe la tierra.

La tierra sabe a vientre que se pudre,
a flores y a racimos de pólvora sagrada,
a granadas entrañas
y al incierto azul
del luto
que en su piel
guardan los muertos.
La tierra sabe a sal y a cementerio.

Aspirad con los bronquios
el fermentado perfume
de la mierda.

Y decidme, hermanos míos,
a qué huele la tierra.

La tierra huele a crucifijo,
a orín blando en los ojos
que pernoctan el miedo,
huele a frágil silbido
de bombas que van cayendo
y niños que se abren
como frutas
con sus jugos abiertos.
La tierra huele a igualdad.
Aquí sí se pudren
por igual
todos los huesos,
no importa su condición,
su género,
su ideología,
nada importa si fue
el Dios metal
o el Dios mesías
quien le entregó el fusil.
La tierra igual huele a mentiras.

Recoged el eco
que salpican
las palabras de justicia.

Y decidme, hermanos míos,
a qué suena la tierra.

La tierra suena a silencio.
Y a voces que se agitan
y se arañan
y escarban
queriendo huir de sus gargantas.
La tierra suena al chillido frío
de un millar de insectos
que agonizan
como un rumor de lenguas machacadas.
Y a denso gorgoteo
y luego a charco.

Todo lo que fue
es de nuevo en la tierra
y todas las guerras
que han sido
yacen ahora bajo el suelo.

Y todas fueron santas
y justas
y en todas unos vencieron.

Hoy yo proclamo la yihad
a todas las guerras del mundo.

Su final será la tierra.

Foto: www.newyorker.com

 

Saúl Flores

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