Una navaja con todas las hojas abiertas. Crónica de una victoria anunciada

Aunque fuera domingo era inevitable que Quique saliera a fisgonear. Mientras, los vecinos fronterizos se batían en duelo para ser reyes de Europa, pero en aquella noche de verano los detectives comandados por el comisario González tenían asuntos internos por segunda noche consecutiva en el madrileño circo Price. Era la hora de la verdad y había que investigar adentro; en los corazones rotos de los bandoleros que llenaban la función.

Resulta embarazoso cómo Quique no pierde un ápice de credibilidad con ese lenguaje y esas imágenes de spaghetti western; cómo tiene los cojones de llamar a un álbum Me mata si me necesitas que nos lleva a salto de mata hacia su “mejor” época: aquella noche americana.

A mí este cantautor, de aires melancólicos y alma de cowboy, me tiene desnudo desde que descubriera por Lavapiés la calle Salitre. Todavía consigue que descarrile por carreteras perdidas hacia el Puerto de Santa María. Esa timidez -presumiblemente- controlada y esa guitarra acústica que debe valer una fortuna solo por las historias que esconde, consiguen que cada noche a su lado sea única y profunda. Perdónenme, tenía que decírselo.

Como es habitual en esta gira, arrancó con los compases de su nuevo disco para que escucháramos de seguidillo: Detectives, Se estrechan en el corazón, Sangre en el marcador –que te noquea a la primera- y ese himno titulado Charo. Es entonces cuando te preguntas por qué Quique encuentra a los mejores: si su banda ya suena como un huracán que cuando quiere arrasa con todo, la voz de Nina y esa formación que lidera llamada Morgan, han sido de los descubrimientos del año. Y claro…cuando escuchas a los Kinks todo encaja. La velada continúo con Cerdeña y hasta aquí la primera parte del disco. Primer asalto de Kid Chocolate.

quique-gonzalez-11-07-16-cAutor: J.Perea. Foto: www.efeeme.com

 

Ahora tocaba beber y emborracharnos con canciones de otra época, de llorar y reír, de compartir, de invitar a Alex Nashville para enseñarnos su preciosa guitarra, de tarde de perros y reminiscencias a esa gran obra llamada Salitre 48. En definitiva, era el momento de quedarnos sin garganta y con los pelos en punta, y quizás de alguna manera sentirnos más jóvenes con el ansia por las nubes.

Quique y su banda se sentían pletóricos y nosotros estábamos contagiados por ese buen hacer al que acostumbra este poeta que tan pronto regala orquídeas como relámpagos -junto a Cesar Pop- hasta dejarte destrozado cuando te sube a casa de sus padres.

Hubo más sorpresas, más historias de hoteles con Guille (Vetusta Morla) y más averías y kamikazes. Pero igual que la ciudad del Rey, Memphis, los conciertos de Quique son para descubrirlos y vivirlos. Solo así podemos subirnos en su maleta y entender que la tentación de este trovador, como el hielo en la mano de Aureliano Buendía, quema.

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3 respuestas a Una navaja con todas las hojas abiertas. Crónica de una victoria anunciada

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