Un viaje a Nueva York con la Orquesta de Radio de Colonia

En el año 1957 se estrenaba en Broadway el musical West Side Story. Para Leonard Bernstein, compositor de la partitura, tuvo que suponer todo un reto enfrentarse a esta tragedia shakespeariana que adaptaba el clásico Romeo y Julieta a los suburbios neoyorquinos. Imagino que Bernstein se armó de júbilo ante un proyecto tan ambicioso. En aquella época, si había una ciudad que reuniese a la vanguardia cultural más inquieta, era Nueva York.

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Leonard Bernstein Foto: http://www.openculture.com

 

La metrópoli americana ya era a principios de siglo una bomba de relojería. Especialmente cuando Fitzgerald nos presentó al Gran Gatsby, un antihéroe inmerso en derroche que se bebía la vida a ritmo de jazz y disfrutaba de los placeres efímeros. Tiempo después, llamarían a la década los felices años 20 y, durante ese periplo, hubo un compositor que destacó por fusionar lo moderno con lo clásico: George Gershwin.

Precisamente, el pasado jueves 28 de enero, el auditorio nacional de Madrid recibía a la Orquesta de Radio de Colonia, bajo la batuta del británico Wayne Marshall, para interpretar a los dos genios musicales anteriormente citados. Comenzaba así la temporada 2016 para La Filármonica; con aires frescos y efusividad renovada, rompedora.

El maestro Marshall (director, organista y pianista) llevó a su orquesta al éxtasis. La primera parte del concierto estuvo dedicada a Gershwin siendo digna de mención la ejecución de Marshall al piano de esa belleza llamada Rhapsody in Blue: una obra atemporal y vertiginosa que arriesga con brillantez y armonía.

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Wayne Marshall Foto: gagliardi.eu

 

Tras el intermedio, era hora de invadir el terreno al que Bernstein tantas veces nos ha llevado con West Side Story. Solo así éramos capaces de soñar, de viajar en el tiempo hacía ese baile continuo que supone el musical norteamericano y que tantas emociones provoca. Es innegable la fuerza de esta banda sonora -por la que no pasan los años- y que renace en cada nueva generación alertando sus sentidos.

Su interpretación fue sublime. Tengo que reconocer que sus danzas sinfónicas se me hicieron tremendamente cortas aunque, por suerte de los presentes, aún quedaba por saborear la obertura y suite del musical Candide que, basado en la obra homónima de Voltaire, supo poner el colofón perfecto a una noche mágica.

Por si esto fuera poco, ante el fervor de una audiencia entregada a la orquesta, el director británico corrió hasta el órgano para regalarnos un solo esplendoroso. De esos que ocurren muy pocas veces y en los que la improvisación vuela por bulerías. Cuando ya estábamos extasiados, la orquesta alemana volvió a robarnos la cartera, entregándonos una versión del Catgroove que tantas alegrías ha dado a Parov Stelar.

Si, fue una noche para el recuerdo. Pero amigos, todavía nos quedan alas para disfrutar y el próximo jueves 11 de febrero, volveremos a hacerlo con la visita de la Orquesta Sinfónica de Viena interpretando la quinta sinfonía de Beethoven con un invitado de lujo: el violonchelista español Pablo Ferrández que ha sido recientemente galardonado como mejor artista joven del año.

Y es que ya lo decía Mozart “la música es el único camino hacia lo trascendente”.

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