Crónica de Patxi Andión

Un concierto en el Teatro Fernando Fernán Gómez, con las piernas cruzadas y las orejas abiertas para no perder ápice de cada afilada letra. Rodeado de personas que no escondían la admiración ni el sentimiento, que aparentemente me doblaban en edad, pero que respiraban la libertad del indomable. Un recuerdo al exilio de mayo del 68 y un viaje, de ida y vuelta, hacia la honestidad de un cantautor vasco llamado Patxi Andión.

patFoto: www.elmundo.es

En la noche en la que el hombre de negro, Johnny Cash, hubiese cumplido 85 años, Patxi Andión volvía a tocar en Madrid. Dos músicos del aquí y del allá que anoche, sin buscarse, se cruzaron en mi pensamiento. Probablemente Patxi, ajeno al aniversario de su colega, se vistió de negro y regó algunas de sus melodías con arpegios blueseros, de esos que suenan en las carreteras desérticas de Norteamérica. Y es que a veces, sin conocimiento de causa, estas “coincidencias” inexplicables asaltan al mundo de los artistas.

Patxi, con esa naturalidad que le caracteriza, salió a escena acompañado de cuatro músicos. Fue mi primera toma de contacto con este poeta de voz ronca, al que nunca le ha temblado el pulso por el compromiso social.

Durante las más de dos horas que duró el concierto pensé que detrás de su guitarra se escondía un afable pirata. No me malinterpreten, entiendan por pirata como alguien que ama la mar, que disfruta del beber entablando conversaciones de taberna y que sabe, más bien mucho que poco, de los amoríos…los versos de Patxi navegan, viento en popa y a toda vela, por estas reminiscencias.

Dicho esto, me atrevería a decir que Andión ha escrito algunos de los mejores boleros de esta España dividida y anoche, en una borrachera de grandeza, nos los regaló para nuestro deleite. En este sentido también hubo tiempo para recordar la “regañina” de una madre sindicalista, de presentarnos una nueva composición sobre un marine caído en Irak, de ensalzar a la república que tantos intelectuales nos aportó, de convencernos de que hay canciones que te acompañan y que van esculpiendo nuestras vidas y, por encima de todo, de enseñarnos una profesión que ama y domina.

Momentos impactantes y cargados de sentimiento hubo varios. Quisiera destacar la canción, Amiga del corazón, que nos hablaba de cómo un preso contesta a su amada describiendo un amor marchito que ya no tiene sentido; el guiño reivindicativo -que no nacionalista- que hizo a su tierra versionando una canción en euskera; y el instante en el que todos fuimos invitados, en tono burlesco y dicharachero, al rastro madrileño con Una, dos y tres. Aunque sin duda alguna, el momento que se llevó la palma fue cuando Patxi invitó al escenario a su hijo Iñigo, –recuérdenle pinchando aquí-, dando paso a las nuevas generaciones. Iñigo tocó dos canciones y, pese a estar algo más nervioso de lo habitual, logró convencer. Después subiría su otro hijo Jon para cantar a tres voces; un experimento repleto de cariño que consiguió emocionarme.

Sirva de reflexión que en el panorama actual que vivimos deberían levantarse los cantautores. Estas personas han sido siempre la voz de la protesta y ahora, más que nunca, es el momento de gritar por nuestros derechos. Para mí, la cultura lleva mucho tiempo inmersa en un profundo coma y tenemos que ser nosotros, los jóvenes, los que la despertemos y la impulsemos de nuevo al lugar que merece.

De vuelta al concierto, tras un pequeño bis, Patxi presentó a su fantástica banda. En este punto, me gustaría resaltar la destreza de Antonio Serrano, encargado de las melódicas y armónicas, que estuvo sobresaliente; y al batería, Guillermo McGuill, que fue un motor muy preciso.

Como colofón, nos fuimos por la borda con El maestro, con esa brisa que me recordó a Mediterráneo de Joan Manuel y que me sacudió, hasta abrirme las entrañas, enseñándome que este viejo marinero, que reclama sitio y viento, tiene todavía mucho que decir.

Nunca es siempre y siempre es nunca.

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2 respuestas a Crónica de Patxi Andión

  1. Romano dijo:

    Muy buena crónica, saludos

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