Carta de un padre a su hijo

Sólo la casualidad puede aparecer ante nosotros como un mensaje. Lo que ocurre necesariamente, lo esperado, lo que se repite todos los días, es mudo. Sólo la casualidad nos habla. Tratamos de leer en ella como leen las gitanas las figuras formadas por el poso del café en el fondo de la taza… 

Milan Kundera

Hace poco, y de manera “fortuita”, descubrí un blog en el que escribía mi padre. Fui leyendo uno a uno sus artículos; admirándole, descubriéndole, queriéndole. Mi emoción sobrepaso límites cuando encontré una carta que me había escrito hace ya 14 años…

En este mundo de tecnología infinita, en el que cada vez nos cuesta más comunicarnos, la pluma de algunos privilegiados puede servirnos para aprender y avanzar en nuestro desarrollo. Por este motivo, he decidido compartir con todos ustedes aquella carta. Su mensaje, escrito desde el corazón y el amor más desinteresado -el de un padre a un hijo-, profundiza en la vida; en esa esencia que nos hace regar cada día a nuestros seres queridos.

padrFoto: www.soultravelmultimedia.com

Querido XX,

Anoche empecé a leer un libro de «claves» para adolescentes. Según me cuenta este libro (cruza los dedos hijo mío, no nos vaya a pasar lo de Ana Rosa Quintana con esto de las citas), resulta que tú eres un chico brillante, seguramente de los más brillantes del mundo. Sin embargo te ves obligado a trabajar para dos personas mayores, mucho más mayores que tú, que padecemos discapacidad mental y que: ¡¡sorpresa!!, somos tu madre y yo. Nuestro nivel de inteligencia es inferior al tuyo y tenemos un conocimiento del mundo extremadamente limitado y muy por debajo de tu capacidad.

Pese a ser esto muy cierto, estamos todo el día diciéndote lo que puedes o lo que no puedes hacer: siéntate derecho, no sorbas los espaguetis, retira la ropa sucia, baja el volumen de la “tele”… Al mismo tiempo, el asunto es cada vez más horrible, porque te damos instrucciones para hacer ciertas cosas y solemos reiterarte, con sermones, lo que es importante y lo que no lo es; todo ello pese a tu inteligencia.

Te pedimos constantemente que hagas cosas incomprensibles y no encontramos razón a tus exigencias o a lo que nos pides. Hablamos de cosas raras, impertinentes, y que para ti carecen de importancia. Para colmo de males, nos atrevemos a explicarte lo que es la vida y sus problemas, aunque no lo entendamos bien. Lo hacemos, pese a que intentas decirnos que no te entendemos y pese a que nos reiteras que nada de lo que decimos parece serte comprensible. Y además, insistimos en molestarte con instrucciones, peticiones y tareas totalmente desvinculadas de lo que tú haces.

Es fácil saber cómo te sientes. Estás frecuentemente enojado porque estas dos personas, que somos nosotros, tus padres, muy inferiores a tu capacidad e inteligencia, no hacemos otra cosa que decirte lo que tienes que hacer. Por eso murmuras mucho, sacudes la cabeza y hablas lo menos posible con estos dos seres que somos inferiores. Tratas de permanecer alejado de nosotros el mayor tiempo posible, tiempo que dedicas a tus amigos, que son comparables a ti en inteligencia y, además, tiendes a olvidar algunos de los encargos que te hacemos para realizar actividades tuyas, mucho más valiosas que lo que nosotros decimos.

Todo esto ocurre porque te ves obligado a trabajar para personas más inferiores que tú, personas torpes como nosotros que además te entregan una miserable paga por tu trabajo, ya que somos unos empleadores deleznables.

Yo, desde este verano y los incidentes habidos, tan sólo te saludo. En mi torpeza, sabiendo que crees que no te quiero y que, por mi subnormalidad manifiesta, no te importo nada, procuro estar todo lo distante que tal torpeza me permite, dándote espacio para que puedas saber si te importo algo más que un pito y procurando no molestar:

-Hola XX.

-Adiós XX.

Poco más te digo en esta gimnasia torpe que me caracteriza, con la cual alcanzo un grado de imbecilidad mayor.

Nos dicen, esos otros adultos torpes que tan retrasados son como nosotros, que el problema no radica en que te dispares con alcohol o drogas, sino en que te fugues. Es decir, no hemos de preocuparnos por tu educación moral que, al parecer, sí hemos conseguido trasladar en nuestra estupidez, sino porque te canses y decidas largarte o bajarte del autobús antes del destino.

Son cosas de adultos torpes o de libros, como ya sabes, pero no me resisto a contártelo con la falsa esperanza de ser aún más idiota. Es como cuando uno se empeña en que le quieran y espera el amor de alguien, como se espera un contacto o una llamada, y sin embargo, es que si no te llaman, si no quieren estar contigo, es porque no te necesitan, porque quizá te quieren sólo «como un amigo», no como el ser que debería hacer explotar el cariño en el otro, no te quieren ni te desean con el amor que tú quieres abarrotar y que se te escapa por los poros.

En mi incompetencia, no he retirado aún de la nevera el dibujo de las peras que me enviaste hace dos años, en un día gris y feo, ese dibujo pegado a la nevera con un imán de galleta «chiquilín» que le ha costado un disgusto dental a más de uno. No lo he retirado, porque aún le rezo, como a la estampita de la Virgen del Remolino que trajo Juani para proteger esta casa y que permanece abierta y esperanzada, como yo he dejado el maletero del coche, para que salga la peste del olor a pienso de conejos y gallinas (sí, ya he sacado la bolsa de basura que llevaba hace quince días y la he dejado en algún sitio).

Ser mayor es ser olvidadizo, cegato y algo estúpido.

En este tiempo, más de dos meses, no he tenido un beso o una mano tuya que se apiade de mi torpeza, pero tampoco los tengo de casi nadie y muy poco, verdaderamente poco, de quien amo; así que, aunque no me acostumbro, porque a esto, hijo mío, no se acostumbra nadie, me aguanto adelantando la noche todo lo que puedo, y luego, vago torpemente por las conciencias de los demás, las que tienen y las que yo he creado.

Hoy, querido hijo, he oído a un actor hablar de que su papel era el de un ser «muy cerebral», para descubrir que se trata realmente de un ser muy de corazón, en esa esquizofrenia de creer que ser cerebral o de corazón son cosas distintas o de creer que en el cerebro no está el corazón y al revés. Luego me he despachado a gusto con la columna de Félix de Azúa en «El País», cuando habla de que ciertas cosas que quizá sólo sean lo que llamamos «bondad», que ni vemos ni conocemos, están hechas únicamente para que Dios las vea, y no me he resistido, en mi ignorancia, a pensar que quizá ciertas cosas de las que hacemos en tu vida diaria, son sólo para que “Dios las vea” y no para que tengan un efecto demoledor sobre la realidad: tu realidad; tan ajena a la nuestra.

En fin, hijo mío, ya conozco que puedes recordar mis sermones palabra a palabra y, en esta mi soledad e indiferencia (en la que me siento, no me pongo), quizá transgrediendo todas las normas, te envío un abrazo fuerte que no has de recibir, pero que alguien te contará alguna vez, entre tus sueños.

PaPá.

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