Relato de Octubre III

Continuación del Relato de Octubre II

Aunque la dejé fantasear las dos primeras noches, al tercer desayuno, confesé.

-Yo no soy él.

Fue inútil. Sonrió con esa sonrisa suya que ya me era tan familiar, clavó sus ojos de carbón encendido en los míos y me tapó la boca con su mano más caliente. Sí, Jackie tenía una mano más fría, una teta más grande y una pierna más larga. Sólo yo conocía las ligerísimas asimetrías de su cuerpo: eso me dijo, al menos, y elegí creerla.

Te entiendo, yo también he pasado por esto. Son cambios. Ha sido un paréntesis en el tiempo. Puede que no recuerdes quien fuiste, no importa. A veces pasa. Me avisaron los médicos de que esto ocurriría; que no sabría gestionarlo y que tú nunca volverías a ser el mismo…Pero mírate: ahí, metido en mi cama, pringándome las sábanas sin querer con tu mermelada favorita, como antes.

En eso tenía razón: aquélla, la de mora, siempre había sido para mí la reina de las mermeladas. Reparé entonces, cuando dijo no a un mordisco de mi tostada, en que ella no la había probado, y supe, no sé por qué, que Jackie era alérgica a las moras. 

-Pero esto -dije señalando el dulce negro- ya estaba en la nevera cuando yo llegué.

Sacó de su bolso un cigarro, lo encendió con una cerilla (según ella, así el tabaco sabe mejor) y le dio dos caladas.

bampw-black-and-white-cigarette-film-light-Favim.com-171253Foto: favim.com

– Porque ni por un segundo dude que volverías.

Hizo una pausa y escuché al viento serpenteando las calles, golpeando muros y cristales, colándose a poquitos en el cuarto, rugiendo elegante como las termitas en el parqué del minúsculo piso de Jackie.

-Hubo un tiempo en que yo también perdía el equilibrio, en el que tampoco yo recordaba los sueños, en que no era capaz de escuchar los latidos lentos de la tierra… Pero apareciste tú, y contigo, todo lo demás.

Me besó en los labios y apoyó su mejilla en mi ombligo.

-Ven, acércate. Cierra los ojos, respira hondo ¿qué sientes?

Si algo me hacía perder el rumbo, sucumbir al deseo ajeno, eran los dedos de Jackie; todos y cada uno de ellos, a cualquier temperatura. Y es que Jackie me tocaba y se paraba el mundo, mi cuerpo entero caía a su merced, de los pies a las orejas y al revés, todo entero, era suyo. Dibujándome figuras en la espalda, Jackie me hacía sentir arena, fuego, agua.

Así que, hasta que octubre llegó a su fin, logré plegarme al misterio de la mermelada, y disfrutar de Jackie a mi lado, con su pastel vienés, cada mañana.

Por encima del silbido del viento, de ese ametrallamiento de aire que golpea, Jackie me había quebrantado mi caparazón y con eso bastaba.

CONTINUARÁ (Relato de Octubre IV)

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2 respuestas a Relato de Octubre III

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