MISCELÁNEA

Su rostro era una miscelánea, albergaba la concepción del mundo y abría, con sus ojos, las ventanas de la intimidad. Tendría unos treinta años y no podía ocultar un pasado como artista de variedades; sus tobillos frágiles la delataban, había sido bailarina.  Se llamaba Anouk y contagiaba con su placidez. Eternizaba el instante.

dancFoto: dance.net

Cada día, se encendía un cigarro, me miraba y decía: ¿Quieres uno? Sin dejarme tiempo para responder me encendía otro. Yo no fumaba pero, cuando alguien te descompone, el camino de la vida te amarra a sus placeres.

La incorruptibilidad de sus caderas alimentaba mi inquietud. ¿Se movía así a propósito? Quizás sólo quería jugar, aplaudir y llevarme a su terreno de tentación instantánea; hacerme enloquecer recompensando mis ilusiones…

Anouk soñaba despierta, aunque nunca me confesó sus fantasías.

Una mañana de agosto, ardiente y seca, vio una cascada de luz.  Y así, sin mar ni ríos, ahogó sus complejos, escribió una carta y se fue.

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