La Isla de las dos caras

Nunca es plato de buen gusto que suene el despertador a las 5:30 de la mañana, aunque sí es cierto que cuando es para irte a Ibiza, el desperezarte cuesta menos. Así empezó nuestro road trip, saliendo de casa cuando aún la noche inundaba las calles. A pesar del madrugón, el ánimo de los cinco, que de forma alocada habíamos decidido ir en coche, estaba por las nubes. Las expectativas eran fascinantes.

Cuatro horas de trayecto hablando de forma acelerada sobre qué esperábamos facilitaron que en un suspiro estuviéramos en el puerto de Denia desayunando un zumo con tostadas de tomate y un buen colacao. Había que fortalecer el estómago que nos iba a hacer falta. Vaya si nos hizo. Al bajar del ferry ya habían transcurrido cinco latas de cerveza y dos copas. El reloj marcaba las cuatro y aún quedaban muchas muchas horas.

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Sin embargo aún faltaba gran parte del equipo. Liderados por el gran Dr. Coll, odontólogo de reconocido prestigio en tierras galesas, y transportados en una bala de plata que respondía al nombre de Berlingo, aparecieron los cuatro restantes. Ya estábamos todos.

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Las noches bañadas en alcohol eran sufridas en mañanas sumergidos en aguas cristalinas bajo el sol ibicenco. A pesar de las tardías horas en que nos acostábamos hicimos un fuerte esfuerzo para aprovechar los días visitando calas que sólo aparecen en los anuncios de Estrella Damn. Baños de largas horas que recordaban a esos veranos de la infancia en que te metías al agua y sólo salías cuando tenías los dedos arrugados, aunque ahora los temas de conversación eran diferentes aunque no más maduros.

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Punto y aparte merecen las calas que visitamos. Pequeños paraísos camuflados de la vorágine extranjera que rodea al resto de la isla. Reductos donde poder disfrutar de de unos placeres que hacen de Ibiza una isla con dos caras. En particular una denominada la Cueva que tardamos bastante en encontrar y después de perder la esperanza llegamos a ella. Con un encanto indescriptible, en mi opinión fue un lujo aprovechar ahí nuestra última tarde, a pesar de un fuerte ataque de medusas que dejaron al equipo magullado pero con el espíritu intacto.

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Sin duda alguna estos viajes tienen un aroma impregnado, fruto de gags o anécdotas repetidas hasta la saciedad y que cada vez que alguno lo nombra son recibidas con risas del resto. Esto sucede en todos los viajes, independientemente del destino, lo único que se necesita es una buena compañía y ganas de disfrutar.

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En este caso fueron dos las anécdotas que pueden destacarse. Primero el hit de Peter La Anguila bailado por un arquitecto en toda regla y el segundo un acento italiano edulcorado por nuestro chef. Payasadas que para nosotros supusieron una diversión asegurada.

Estos viajes son para dejarlos reposar como el buen vino. Es por ello que no quería escribir nada más llegar y pensé que mejor dejar pasar unos días para que fueran los sentimientos los que hablaran y no las palabras. Para muchos de vosotros el texto será inentendible pero al final es un regalo para los nueve caballeros que conquistamos Ibiza.

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